martes, 26 de enero de 2010

Escucho esas notas que arrancas del acordeón, y mi piel no deja de recordar lo que nunca ha sucedido, como tus dedos jamás hicieron notas en mi pecho, como nunca tocaron ese tímido rincón de la entrepierna que inundaba callejones donde jamás estuvimos atentos a los focos de autos curiosos. Cuando mi lomo se contorsionó como no sabía que las vértebras podían, antes de quebrarse en tu boca, abriendo y cerrando mis bemoles, hasta un pasaje casi parisino donde tu lengua daba ritmo a mi ansiedad. Mis ahogados suspiros por tu aliento no dejan de recorrerse en lo que no vivimos.

Y mis lágrimas no queman el rostro al caer sin sentido, cuando mis manos saben que no estás.

La delicada delicia inocente, que blasfema a pulso con la ausencia imaginaria, deja aullando este vacío mentiroso, lejano, peregrino de sudores aislados, retuerce su necedad en bocas de sabores amargos, en búsqueda, y tu olor abandona, se precipita a la certeza del silencio, a vagar por la tiranía de la soledad.

jueves, 21 de enero de 2010


Había una vez un hombre feliz, sin ni un maldito diente en su podrida boca, pero feliz,

Era feliz, sin dedos en su manos corroídas por el tétano pero aplaudiendo sin sonido a ala felicidad.

Un hombre feliz sin cansancio por caminar con los ya huesos por las rodillas gastadas, al haber nacido sin pies.

Un hombre feliz sin la inteligencia suficiente como pa darse cuenta de sus faltas corporales, de la burla de quienes lo veían sonreír, como pa no fingir, ni utilizar máscara alguna que ocultara su felicidad, hombre feliz con la cabeza rasgada y decolorada.

Un hombre de quien todos envidiaban su felicidad.


Por Fulana.