jueves, 29 de julio de 2010

misiva en buena...eee!!

La época en que los vientos alejaron tu presencia de mí, fue agradecida. Jamás entendí porque la admiración que ella tenía de ti, cuando cada vez que yo te tenía en frente no soportaba ese ruido inconsistente que salía de tu boca, solo ilusiones falsas, imágenes ridículas que como bocanadas de un diablo retardado, salían anillando el humo del cigarrillo, inquieto por culpa de tus babosos labios. Esa voz, ni siquiera recuerdo si era chillona, o ronca, solo recuerdo la estupidez que constantemente representabas para mí. En el diccionario, junto a la palabra imbécil (la palabra no se toma en términos violentos, sino ciertos, me refiero al enfermo que babea, porque no se da cuenta, que aplaude como foca con las palmas al revés, el que no respeta porque no sabe que es eso) está aún tu foto, y no entiendo cómo a pesar de esa información pública, sigue la gente sin reconocer a primera vista tu insuficiencia mental e intelectual, y para que decir emocional. Supe de tu mediocridad cuando me enteré que te pasaste la amistad como papel de baño, limpiando el aplastado y tremendo culo que gritaba porque cualquiera lo hiciera suyo.
Me molesta, tu nombre, esa sonrisa que veo ahora en una foto, tan latente que me aterra que de alguna forma resultemos conectadas. Es ahí donde reniego de la tecnología y su perversa conectividad.
No soportaría pensar si quiera que identificas quien soy, que de una forma retorcida, simplemente me saludes. Siempre has sido mi vergüenza de mujer.
Me atora tu existencia, viví mejor todos los años, sin conocer que aún respirabas, ahora me perturba el que inhales el mismo aire que yo.

Con mucho respeto,
Saludos cordiales,

miércoles, 21 de julio de 2010

Tal vez he sido insolente con la muerte y sus espigas golpeándome el rostro, cuando la lluvia lo llena de lágrimas sucias por el polvo imperceptible de la ciudad.

Tal vez no he caído tantas veces como las que tengo adoloridas de recuerdos,

Quizás sea cierto y haga del error mi profesión, mi arte.

Probablemente no merezca, eso lo sé, al menos aquí tengo una certeza,
bien conozco que no merezco,

Será que los tigres de la vida se han perdido y elegido el cómodo zoológico donde ya no requieren cazar,

Quizás sea que mi estómago me juega malas pasadas, no tantas como las que mi mente boicotea la realidad,

Será que estoy preñada de ilusiones impagas,

Algo hay que me une a la constante de ocupar (usurpar) un espacio.

miércoles, 7 de julio de 2010




Amaneció un hombre, y en sus ventanas colgaban recuerdos que se secaban a la lluvia y al viento. Sus huesos se comían imperceptiblemente el rostro, las manos, que aullaban descontroladas por una mente que les ordenaba detenerse. Amaneció nublado un día, un hombre tejido de consecuencia brava, testaruda, amarilla café, de sienes marcadas como sus huellas en mis palmas foráneas. Amaneció un hombre, acostado, hablando por parpadeos como clave morse. El hombre que levantó en sus años la bandera de la libertad, el vino navegado, noches de guitarra, y borracheras que se quedaron en la sangre. Amaneció sin pulso, con las puertas abiertas y sin escuchar.

He aprendido a punta de amor, y leche chocolatada con harta azúcar, a navegar y perder hasta caer feliz en el colchón de la certeza. La magia del hombre que detiene el tiempo para caminar a mi lado, traspasando con el fin de los dedos las rejas de los años, los fierros helados entrelazándose con mis venas. Me gusta recordar el viento que nos hacía recoger las hojas para guardarlas secas en libros, y ver a fin de año sus colores casi intactos, o la sonrisa a la vida por la nueva oportunidad de amar la sorpresa de una niña, que siempre fui en sus brazos, cuando quieta, él quieto, por el rocío de la mañana, o por las gotas colgadas a las ramas de un árbol, asombraba ese pequeño globo de agua que increíblemente tenía un arcoíris dentro. Las carreras de barcos de papel desde un puente por el canal San Carlos, hasta que desaparecían. La promesa de carne con papas fritas de almuerzo, en la ida a la casa, sobre una bicicleta, cuando había porotos y agua en la mesa.
Ha muerto quien me enseñó a vivir descalza, a oler y a mirar...hoy no soy más que ovillo en tierra seca.